Inodoros con inteligencia artificial
El futuro está aquí [inserta tu propio chiste sobre retretes con IA]; las estafas de toda la vida se sofistican en nuestros tiempos locos; realidades del Brexit
La revolución de la IA, para gente como nosotros, gente que se quiere hacer rica o al menos pobre invirtiendo de forma que nos beneficiemos de tal revolución antes de que los robots nos maten y/o nos dejen sin trabajo, se centra en seis vectores clave: las empresas que desarrollan IAs, las que se beneficiarán de estas IAs, las que se verán perjudicadas, las que seguirán su vida como si tal cosa, las que se meten en la moda a ver si atraen a pringados y las empresas japonesas.
Una empresa japonesa de aditivos alimentarios, Ajinomoto, inventó hace un siglo el glutamato monosódico, un aditivo muy popular en muchos alimentos, y desde entonces se ha convertido en el principal fabricante de un tipo específico de película de polímero aislante, esencial para el empaquetado de semiconductores avanzados: es decir, una de las tecnologías de materiales más importantes que sustentan la infraestructura global de IA, lo que parece fastidiarle bastante a estos japoneses, que insisten en que la IA no es el suyo, perdonen.
Por otro lado, como explica Bloomberg News, tenemos otra empresa japonesa, algo más típica: el fabricante de inodoros Toto Ltd. prevé que la inversión en sus operaciones relacionadas con chips represente más de la mitad de su gasto de capital total en los próximos años, mientras busca beneficiarse del auge de la inteligencia artificial.
Toto es posiblemente la marca de inodoros inteligentes más famosa entre los consumidores estadounidenses, que son los que más han adoptado la moda japonesa de los inodoros futuristas (aunque mi madre, que es madrileña, tiene uno también). Aunque yo no me atrevo ni a acercarme, me dicen que los inodoros de Toto son maravillas tecnológicas: los bidés tienen agua caliente, los asientos se limpian solos y las descargas están diseñadas para un máximo ahorro de agua.
Sin embargo, el auge de la empresa gracias a la IA no tiene que ver con que el inodoro esté a punto de soltarle a uno charlas en función del análisis de sus heces. Por suerte. No, lo que está sucediendo es que Toto se ha metido en el sector de la fabricación de chips de IA. A principios de mayo, la empresa anunció una inversión de 190 millones de dólares para fortalecer su capacidad de producción de semiconductores, un sector en el que ha estado activa desde 1988, según Bloomberg:
La principal contribución de Toto al mercado de la IA se centra en la producción de platos electrostáticos. Estas pequeñas unidades son una parte crucial del proceso de fabricación de chips de IA, donde actúan como soportes termoconductores para sujetar las obleas de silicio durante la fabricación. La gran mayoría de los soportes electrónicos están hechos de cerámica, de ahí la decisión aparentemente aleatoria de Toto de incorporarlos a su catálogo.
Aunque la división de inodoros inteligentes de Toto atraviesa dificultades —se vio obligada a suspender nuevos pedidos en abril debido a la continua escasez de materiales— los inversores apuestan por la IA, lo que provocó que las acciones de la compañía se dispararan un 18 % en mayo. El día después del anuncio de la inversión de capital, subieron un 11 % más, demostrando que, en la volátil economía actual, incluso un modesto fabricante de inodoros puede hacerse con una parte del pastel de la IA.
Como ya ha señalado el columnista de Bloomberg Matt Levine, sería interesante tener acceso a un fondo cotizado en bolsa (ETF) que ofrezca exposición a empresas de IA accidentales como estas dos. Uno sospecha que, cuando llegue el inevitable desinfle de la burbuja, probablemente aguanten mejor que otras.
Estafas de toda la vida, versión siglo XXI
Como hay gente que conozco que sabe que escribo sobre finanzas y tal, ocasionalmente me preguntan sobre oportunidades de inversión que les ofrecen, y me cuentan cada cosa que, oigan, tela marinera.
A mí, que cubrí la estafa del Forum Filatélico (una estafa piramidal con equipo de baloncesto en primera división, no cualquier cosa) me han preguntado sobre la compra de participaciones en bosques madereros y derechos de arrendamiento en hoteles filipinos. Ya he tenido que contar en público, varias veces, la paradoja del dentista: que los dentistas son la víctima favorita de los estafadores de cierta sofisticación porque:
a) tienen dinero
b) tienen cabeza (de otro modo no podrían haberse sacado el título) pero…
c) no tienen tiempo para evaluar posibles inversiones porque tienen todo el día la mano dentro de la boca de alguien
Por eso, siempre siento cierta satisfacción cuando encuentro una estafa piramidal bien montada, una perfecta estafa para dentistas como ésta que describe el Wall Street Journal: el estafador era un yanqui con sombrero de cowboy que le vendía a la gente participaciones en su honrado, patriótico, nada progre negocio de vacas de rancho, aunque en realidad poseía muchas menos vacas de lo que proclamaba:
Durante años, Brian McClain había criado ganado en su ciudad natal y en el Panhandle de Texas, comprando terneros en subasta y vendiéndolos con ganancias tres meses después. Su explotación de 80.000 cabezas, financiada con un préstamo de 50 millones de dólares de un banco agrícola y 120 millones de dólares de inversores, parecía un éxito rotundo para este antiguo trabajador de una planta química. Vivía en una casa de ladrillo de 380 metros cuadrados rodeada de un césped impecablemente cuidado, con fotos de su reciente boda enmarcadas en oro en la entrada.
Pero guardaba un gran secreto: la mayoría del ganado era imaginario.
Cuando el banco finalmente realizó una inspección física para contar el ganado y valorar la garantía de McClain —la primera inspección completa después de más de cuatro años de enviarle dinero— solo contabilizó 8.916 animales.
Al final, el ganadero dilapidó los 170 millones de dólares recibidos del banco y los inversores, algunos de ellos amigos de su pequeño pueblo de Kentucky. Logró apaciguar al banco cuando este expresaba ocasionalmente su preocupación por cifras financieras que simplemente no cuadraban, incluyendo el desproporción entre sus costos de alimentación y la cantidad de animales que afirmaba tener. Y mantuvo a sus inversores pagándoles “participaciones en las ganancias”, que a menudo se quedaban en papel, ya que las reinvertían en nuevas inversiones.
El elaborado plan de McClain se desmoronó en abril de 2023, cuando un concesionario local de camiones que había invertido alrededor de 650.000 dólares insistió en el reembolso. Tras recibir cheques sin fondos, denunció al sheriff del condado. El ganadero se suicidó antes de que llegara la justicia, y a su familia le dejó un sinfín de demandas y contrademandas.
Según el administrador concursal, McClain atrajo a inversores con acuerdos de asociación que prometían ganancias anuales de alrededor del 30%, a veces diciéndoles que tenía contratos de futuros que aseguraban precios altos. Pero, en lugar de pagar a los inversores con ganancias reales, utilizó principalmente el efectivo proveniente de nuevos inversores.
En estos casos, la clave del asunto no es tanto el desarrollo, que siempre es idéntico: el dinero desaparece y se mantiene la ilusión hasta que ya no hay suficiente dinero nuevo para cubrir ni una retirada. La clave es puramente moral: ¿cuando empezó McClain, quería llevar un negocio honrado, o siempre fue un criminal?
Leyendo el artículo del Journal, uno se queda la impresión de que, como el famoso Bernie Madoff y otros, hubo momentos en los que McClain realmente pensó que podía salir adelante y que, con cierta suerte, podría encubrir los orígenes piramidales de su negocio. Eso duró poco, y después se pasó años de fiesta y engaños, sabiendo que llegaría el momento en que sería descubierto. Y, cuando llegó el momento, como tantos otros, se quitó de en medio. Toda la gente a la que dejó en la miseria no tiene esa opción.
Realidades del Brexit
Una de las cosas que más me fastidian sobre la anulación de mi cuenta en Twitter hace un año es que me quitó años de noticias y notas archivadas que usaba bastante para recordar a la gente las gilipolleces que decía en otros tiempos. Por ejemplo: tenía muchos tweets guardados con artículos de grandes medios avisando de que el Brexit (votado en 2016 y completado en 2019) llevaría a desastres bíblicos para el Reino Unido, incluyendo (no bromeo) invasiones de ratas y una catastrófica escasez de ataúdes para entierros.
La objeción más razonable que siempre hubo para el Brexit fue mucho más modesta, y venía del sector financiero: que después del Brexit, la City de Londres perdería muchos empleos al ser menos importante para la economía europea. He aquí el veredicto, cortesía de una gráfica de Bloomberg que les muestra el número total de personas empleadas en el sector financiero de Londres, por año:


